miércoles, 23 de junio de 2010

FELICIDADES, IVÁN


Hoy estamos de cumpleaños. Mi hijo mayor cumple 7 añitos.
MUCHAS FELICIDADES, CARIÑO MÍO. Este cuento, escrito por nuestra amiga TIHADA, es para ti. Te quiero mucho.

EL DÍA QUE NACÍ

Tengo la costumbre de subirme a una silla para verme en el espejo del baño, me gusta porque me puedo mirar las dos orejas al mismo tiempo. Así descubrí que la mitad derecha de mi cara no es igualita a la otra mitad, son como hermanas mellizas, casi idénticas pero si las conocés bien son diferentes. Mi lado derecho tiene una peca grande, el ojo es de un marrón más oscuro que el otro, la nariz no está justo en el centro y la punta mira a la ceja izquierda. Desde que descubrí mis dos caras me miro seguido, buscando las diferencias.Lo que no entiendo es que si mi cara derecha no es igual a mi cara izquierda, cómo hace la tía Manuela para asegurar cada vez que me ve:
– Esta nena es igualita al padre. Tiene la sangre de los Jiménez.
En cambio, cuando visitamos a la tía Rosalía, abre la boca grande y grita:
– ¡Me impresiona cómo se parece esta nena a vos Mabel! ¡Si mirás una foto tuya a su edad no sabés de quién es!
Mamá le dice que sí con la cabeza a la tía Manuela y un sí sonriente a la tía Rosalía. Las dos se quedan contentas.Cuando estamos solas, le pregunto:
– ¿A quién me parezco mami?
– Al día que naciste –dice mamá que le gusta estudiar el cielo.
– Me contás otra vez qué pasó ese día.
Si hay algo que me apasiona es escuchar la historia del día que nací. Entonces mamá me cuenta:

El día que naciste nos visitó un viento azul que te trajo el oxígeno para respirar. Después, para aplacar el ventarrón, llegó la lluvia que te obsequió la saliva, las lagrimitas y te mojó los labios, por eso siempre los tenés como recién lavados. El agua ablandó la tierra y la puso negra, dos gotitas de ese barro cayeron en tus ojos, por eso son tan oscuros. Las bajas temperaturas invitaron a nevar, la habitación se llenó de muñecos de nieve que se enteraron de tu nacimiento y fueron a conocerte, pero el calor de tu cuna hizo que se deslizaran por tu piel y te la dejaran muy blanca. El frío prendió las estufas y por las chimeneas -en lugar de humo- salían corazones de fuego para que los que no tienen techos hicieran fogatas. Los fueguitos se enteraron que habías nacido y entraron por la ventana para pintar de rojo tu cabello, chispitas traviesas saltaron a tu piel y salpicaron tu cara y los hombros dejando pequitas. La tormenta te regaló la fuerza que te permite gritar tan fuerte cuando te enojás y andar en bici a gran velocidad, el rayo te hizo los ojos luminosos y, cuando todo se calmó, la quietud te distinguió con el movimiento delicado de tus manos y la voz suave con la que le pedís chocolates a papá y a mí me decís “mamá, me contás otra vez qué pasó el día que nací”.

Cómo me gusta escuchar esta historia, especialmente si tengo miedo o estoy triste. Cuando mamá termina de contar le digo:
– Entonces no me parezco ni a vos ni a papá.
Mamá me abraza fuerte y me dice al oído:
– No le digas nada a la tía Manuela, pero el día que vos naciste era muy parecido al día que yo nací.
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